
Siete médicos franceses infectaron en la década de los ochenta a 1.698 pacientes con una enfermedad irreversible y mortal: la de Creutzfeldt-Jakob. Se contagiaron a través de las hormonas de crecimiento que les suministraron. Ya ha muerto más de un centenar. Ahora, se celebra el juicio en el que se enfrentan a 10 años de prisión.
Aunque las cifras oficiales hablan de 110 víctimas mortales, los expertos y las asociaciones de afectados no descartan que la cifra aumente porque el tiempo de incubación de la enfermedad -la variante en humanos del ‘mal de las vacas locas’- puede alcanzar los cuarenta años.
En el banquillo se sientan, entre otros, el ex presidente de France-Hypophyse, Jean Claude Job; el ex director de Farmacia y Medicamento del Ministerio de Sanidad, Jacques Dangoumau y el antiguo responsable de la fabricación de la hormona en el Instituto Pasteur, Fernand Dray. Éstos se enfrentan a cargos de homicidio involuntario, imprudencia y negligencia.
Hormonas extraídas de cadáveres
Hasta 1988, Francia obtenía las hormonas de glándulas cerebrales recogidas en todo tipo de tanatorios, entre ellos los de ciertas cárceles y hospitales de enfermedades neurológicas. Después comenzó a usar hormonas sintéticas.
El tribunal determinará el 31 de mayo si el conocimiento científico de la época permitía o no prever los riesgos de ese tratamiento médico, aplicado en Francia hasta 1988, aunque en Estados Unidos se daba por confirmado en 1984. RSO